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dimecres, 15 d’agost de 2012

           



Reflexiones sobre el anteproyecto de Ley orgánica para la calidad educativa

Francisco Imbernón. Catedrático de Pedagogía de la Universidad de Barcelona y director del Observatorio Internacional de la profesión Docente.



El anteproyecto de Ley que antes del verano nos ha ofrecido el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte dice algunas verdades sobre todo en sus puntos de partida, las que son objetivas y comprobables como la total escolarización, la mejora de las últimas décadas y las subidas de las ayudas al estudio y no tanto cuando trata las debilidades ya que se apoya en aquellos apartados que le interesan: los resultados PISA, las tasas de abandono y las diferencias entre las comunidades para acabar hablando de empleo y mercado de trabajo como principios educativos para fomentar la empleabilidad (a la cual dedica muchas páginas con datos estadísticos). Y dice que la calidad educativa debe mediré en función de los resultados de los estudiantes y no de otras cosas. Ya sabemos que el concepto de calidad no es estático, no hay consenso sobre su definición ni existe un único modelo ya que depende de la concepción de la enseñanza que se tenga Pero, ¿únicamente de los productos? Desde hace tiempo para muchos expertos la calidad de la educación depende, en última instancia, de la calidad de los alumnos a través de sus contribuciones a la sociedad, de la “cualidad” de lo que se ha aprendido y también de la forma de aprenderlo. Es ahí donde ves que el discurso suena. Y suena a la anterior Ley del gobierno de Aznar (la LOCE) que fue tan contestada por todo el sector educativo. O sea volver a lo básico, la letra con sangre entra y la cultura del esfuerzo.



Y como todo en esta vida hay aspectos interesantes y que deben mejorar la actual situación educativa. En ello estamos de acuerdo. Como aumentar la autonomía de los centros (aunque sospechamos con una intencionalidad de empresa privada y rentabilidad económica), tramitar el famoso y perenne anteproyecto de estatuto docente y dignificar la profesión aunque se ha de ver cómo se concreta todo ello.



Y aparecen los itinerarios tempranos (se habla de trayectos) que ha sido siempre la propuesta del Partido Popular para eliminar la comprensividad que instauró la LOGSE. Aunque mucho profesorado estará de acuerdo ya que separará a los “perturbadores” también se instaura una segregación temprana y viendo la vía de formación profesional como la de los que no sirven para estudiar aunque después se entretiene en demostrar que cuántos más estudios menos paro y más salario. ¿Quién querrá que su hijo o hija estudie formación profesional?

Y vuelve a aparecer la obsesión política por la lectura, las matemáticas y las ciencias. Lo demás es paja. Es cierto que aumentar horas instrumentales nos pone a la altura de los países de la OCDE que tienen un promedio en secundaria entre 3 y 5 horas a la semana y que por ejemplo la matemática es la asignatura más importante después de la Lengua. Pero creo que el problema no está en el número de horas sino cómo se dan. Aumentar el número de horas no hará por principio que el alumnado no fracase menos o que le sirvan realmente para la vida.

Los países más avanzados se plantean una forma diferente de dar matemáticas y ciencias, no como práctica tradicional de explicar contenidos sino de desarrollar competencias de cómo aprender a buscar, a razonar de forma autónoma, investigar, resolver problemas simples y complejos individualmente y en grupo y facilitar que el alumnado vaya construyendo sus conocimientos teniendo en cuenta en contexto social y su uso práctico. Esperemos a ver si hay algo más que aumentar horas.



Y sobre todo se une la matemática y las ciencias a las tecnologías sobre todo a la informática integrándose en las aulas de matemáticas. ¿Se puede hoy día enseñar competencias matemáticas sin hacer uso de calculadores, ordenadores, teléfonos móviles… y hacerlas servir también en asignaturas científicas y humanísticas? Si resulta que se va eliminando la tecnología en las aulas porque es costosa ¿Servirá de algo explicar matemáticas como siempre? Hacerlo uniendo tecnología, matemáticas y ciencias y su aplicabilidad a las otras asignaturas sí que sería una apuesta para el futuro.

Y aparece lo que ya se esperaba: las pruebas. Pruebas para todo. Aparece un modelo de enseñanza no basado en la educación del alumnado como hasta ahora sino en la evaluación del alumnado. ¿Será mejor? Es posible que la educación derive a crear un proceso para preparar pruebas (lo que pasa ahora en segundo de bachillerato para preparar la selectividad), para estudiar lo que se va a preguntar, ya no importa la búsqueda del placer de aprender y de descubrir el conocimiento sino de superar una carrera de obstáculos. A la corta perjudicará a las clases más desfavorecidas de un medio social económicamente bajo. Es una segregación encubierta donde la clasificación de aquellos colegios que se superen más pruebas subirá en el ranquin de la clientela y rechazarán al alumnado que tiene problemas para superarlas. ¿A dónde irán?



Al margen del debate sobre todos esos conceptos lo más importante no es el detalle sino la globalidad. El detalle es consecuencia de esa globalidad que encierra un determinado modelo ideológico, con una determinada forma de ver la realidad social y la educación. Y la visión que refleja el gobierno del PP no es cosa reciente sino que la mostraba ya hace años a través de su oposición a la Ley del 1990. Siempre ha querido cambiar esa Ley y todas sus derivaciones como la actual. Hoy está reforzada y es autista a otras visiones de la realidad.

Antes de comentar los rasgos definitorios de ese modelo ideológico es necesario decir que cuando menudean tantas datos como: encuestas, los informes, muchos (a veces mayoría y a veces otros) de los países, etc., acostumbran a ir acompañadas de un diagnóstico que asevera que todo eso es cierto. Y el diagnóstico es elemental y partidista. No es suficiente manejar algunas encuestas e informes. Parece que viene a decir: La generalización de lo que yo pienso es únicamente achacable a la prepotencia y al desprecio de todo aquel que no piensa como yo.

Esa falta de rigurosidad es una de las características más notables del anteproyecto. Utiliza datos para introducirse en una determinada forma de ver la enseñanza de este país y condicionarla durante algunos años. ¿Será por la precipitación de querer cambiar la Ley anterior?

En el anteproyecto aparece una visión conservadora de un contexto cierto e igual para todos y un currículum único o cerrado que lógicamente lleva una propuesta como la que propone el anteproyecto: Pruebas, repetición, autoridad, olvido de las artes, itinerarios, desconfianza en el profesorado, el conocimiento que sirve únicamente para la empleabilidad, etc.

Es una gran miopía pensar que haciendo de la escuela otra vez un cuartel, los soldados se volverán disciplinados. No se quieren enterar de que es posible que las estructuras actuales de la organización educativa no sean las adecuadas (horarios, paredes, departamentos, tutorías, cargos…) y que en lugar de reforzarlas a imagen y semejanza del pasado (materias instrumentales, segregaciones, reválidas…), basándose en la autoridad y el esfuerzo, debería plantearse un cambio paulatino de estas estructuras para construir la escuela del futuro (de esa sociedad del conocimiento).

Lo peor de este anteproyecto es que no construye la escuela del futuro, sino que recupera la mala escuela del pasado. Lo que se pide de un gobierno es que piense en el futuro y lo anticipe. Tenemos una escuela que ha costado muchos años construir y recordemos que la escolarización obligatoria se ha hecho a costa del profesorado sin mucho apoyo de la administración educativa y de la comunidad (he ahí una de las causas, cuando se dice que el profesorado está de acuerdo en el cambio). Una escuela que se empezó a edificar a finales del siglo XIX y que llegó tarde a nuestro país. Hoy hemos conseguido más de lo que esperábamos y se debería continuar trabajando en nuevas alternativas: participación comunitaria, nuevas tecnologías, formación, otras estructuras, formas distintas de ver el conocimiento… Pero, al contrario, en lugar de construir esa escuela del siglo XXI, volvemos hacia el pasado.



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