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divendres, 2 de desembre de 2016





Las empresas desembarcan en la educación escolar: ¿un negocio educativo?

Hay un abandono del sector público y hay desigualdades en la financiación entre escuelas y territorios. Y aquí las empresas llegan como salvadoras del desastre educativo creando una imagen positiva de su marca.
Francesc  Imbernón

Traducido del Diari de l’Educació 02.12.2016

Creo que hay una reflexión que tenemos que hacer de la situación de la educación escolar, y cómo se está llevando a cabo en los últimos tiempos. Por un lado, hay un desentendimiento de la administración pública; y por otro, un aumento de la iniciativa privada. Y, en honor a la verdad, es una experiencia ya conocida en otros países donde predominan políticas neoliberales o neoconservadores. Algunos ya están en alerta denunciando el que empezó siendo una ayuda y se ha ido convirtiendo en otra cosa. Me explico.
La gestión privada ya no se hace ofreciendo beques de estudio, apoyando en programas de mejora de la infraestructura escolar, proporcionando equipamientos y materiales didácticos, sino implicándose en las políticas y prácticas de la innovación, en las estructuras escolares, en la gestión de las escuelas y en la formación del profesorado del sector público. Y, ¿por qué este interés actualmente? Se está externalizando la educación escolar? ¿Aumenta la despreocupación de los responsables públicos en educación dejando en manos del mercado la educación de una determinada población infantil y juvenil?
Ya sea a través de medios de comunicación o de redes sociales, vemos todos tipos de empresas que se están introduciendo de esta forma en las escuelas. No únicamente las cercanas: Banco de Santander, editoriales, Fundación Telefónica, La Caixa, etc., sino también otras más lejanas, aquí y en otros países, como Google for Education en España y al sur de Europa, Samsung (con proyectos de tabletas), Disney, Microsoft, Apple, Cisco, Huawei, Nestlé, Unilever, McDonals… y las que irán viniendo. Con ampulosos conceptos de marketing: escuela inteligente, escuela digital, la revolución digital, tecnología avanzada en las escuelas, innovación del futuro… La tecnología y la innovación son las palabras clave de este desembarco.
Y el producto se vende con un marketing educativo que promete trabajar de forma colaborativa, atención individualizada, innovación necesaria, mejora de la autonomía o aumentar la motivación entre otros conceptos que atraen al posible consumidor escolar (aunque la nueva terminología habla de coproductores activos). Se vende como una Responsabilidad Social Corporativa, con un enfoque más de participación que los típicos acercamientos a los clientes escolares y escuelas (por ejemplo, por las ventas o regalos). Parece ser una nueva participación comercial más sutil de una futura audiencia cautiva. O una cierta mercantilización.
Y con esto no quiero decir que las aportaciones no sean atractivas, por supuesto que sí, sobre todo cuando en muchas escuelas carecen recursos. Hay un abandono del sector público y hay desigualdades en la financiación entre las escuelas y los territorios. Por lo tanto, estas firmas llegan como salvadoras del desastre educativo creando una imagen positiva de la marca.
No pido que se retiren, pido una reflexión y no aceptarlo todo porque nos vendan que estamos desesperados e impotentes con los errores de los gobernantes del sector público y su falta de implicación de todo tipo. Con los nuevos gobiernos ya situados han llegado artículos y papeles dirigidos a los gobernantes que piden que las empresas se han de implicar más en la educación y aportar conocimientos y fondos, puesto que son ellos los que tienen influencia educadora. Y dicen que son los mejores aliados y promotores de las políticas y gestores públicos (y estos responden que está muy bien y que apoyan. ¡Mira qué ahorro!). También se argumenta que buscan mejorar la equidad en  el acceso a una educación de alta calidad (cuando pueden provocar mucha desigualdad entre las escuelas públicas). Esto se está diciendo y recibe aplausos cuando es posible que detrás haya un cierto olor a desconfiar de la eficacia y la eficiencia del sector público. Son los salvadores de la nueva calidad educativa y de formar bien al profesorado (contando con determinados sectores privados o semiprivados).
Mi duda razonable, después de la reflexión anterior, es si se trabaja para las escuelas o para fijar una imagen social filantrópica con la retórica del patrocinio, mediante el acceso a muchos profesores y profesoras y a miles de niños y adolescentes. ¿Pero no hemos defendido que la educación ha de estar al servicio de finalidades sociales más generales con la ciudadanía y con una misión pública de la escuela más que no con intereses privados? ¿O no?
Ya lo sé y, soy consciente, que estamos en un economía del conocimiento globalizado, pero esto no implica que los gestores públicos se desentiendan de ser proveedores del servicio público al cual se deben y que se maravillen con el servicio privado y le encomienden la tarea educativa. Es posible que no tengamos remedio y que esto sea un futuro de acercamiento a la privatización, pero creo que la gestión pública ha de establecer un límite entre lo público y lo privado. El gestor público está obligado a intervenir para regular la intervención privada y evitar la polarización educativa que repercute en la social (escuelas mejores y escuelas peores, escuelas innovadoras y escuelas que lo son, escuelas esponsorizadas y escuelas que no, escuelas con formación y escuelas que no).
El gestor público no puede caer en los discursos sobre modernización y eficiencia que hacen otras mejores que ellos. La pregunta clave es ¿qué tipo de escuela queremos y qué sociedad queremos? Y no es una cuestión de ir  en contra de las empresas que pueden hacer un servicio siempre vigilado por el gestor público, sino que es una cuestión de ética y valores y, que no nos engañen, no es de eficiencia y rendimiento.

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